GALLEGO DE MIERDA

GALLEGO DE MIERDA

No aparece en lexicón alguno el gentilicio gallego, como epíteto despectivo, aunque ésta sea la acepción del epígrafe.
La imprecación, no obstante, iba dirigida a un asturiano. Claro que “gallegos y asturianos, se dice, primos hermanos”.
Pues, créanlo o no, lo encuentro, por primera vez, con tal significados peyorativo, en el Archivo Histórico Nacional (nº 74, legajo 3739), relacionado con un expediente inquisitorial, acaecido en Sigüenza. Y, aunque el Santo Oficio llevaba con gran sigilo sus asuntos, saltó al mentidero de la Ciudad porque, como dijo un canónigo de su catedral, Jerónimo de Barrionuevo y Peralta: Tierra donde se conocen / los jarros en la taberna, / no puede ser tierra buena, / pues aunque estés encerrado / sale a plaza tu pecado / y siendo nonada suena.
El agraviado fue Santiago Fernández Vulnes y López, racionero de la Santa Iglesia Catedrañl. Nació en Tielve, Concejo de Cabrales y Obispado de Oviedo, el 8 de junio de 1762. Hijo de Alonso Fernández Vulnes y de Mariana López. Empezó de medio racionero en 23 de julio de 1795 de la plaza que había quedado libre por traslado de Ildefonso Vejarano a otra de Orihuela (Alicante). El informante del expediente de limpieza de sangre fue Andrés Ricote, medio racionero. Al fallecer Julián Garbajosa (25-II-1805) se posesionó de la ración vacada por éste, el día 29 de mayo del mismo año. Firma como secretario las actas de la oposición a la Lectoralía de 1807, en la que fue elegido Romualdo García Urraca. Cuando se produjo la desbandada general de los capitulares, entre mediados de noviembre y primeros de diciembre, fue quien dio fe, como secretario, en el cabildo de este mes del 1808: “No le hubo por haber entrado los franceses en numero considerable al saqueo de Ciudad y S.ta Ygl.a el dia 14 del mismo hacia el mediodia q.e lo executaron con la actividad que acostumbran”. Estuvo rehén de los franceses dos años y, aunque, en el día de la jura de la Constitución del 12 ya estaba liberado, no juró. Murió el 30 de enero de 1813.
El agraviante, un tal Juan Antonio Oter, único familiar del Santo Oficio de Sigüenza que, como es sabido, en las ciudades de poca demografía ejercían en nombre del mismo éstos o los conocidos comisarios, quienes tenían ciertos privilegios civiles y eclesiásticos, aunque actuaban a la sombra, para evitar represalias de los que caían en desgracia de la Santa. Era el administrador de la Cofradía de la Vera Cruz. Había estado de sacristán en Sacecorbo, de la diócesis de Sigüenza, de donde le echaron por apropiarse de lo ajeno, a resultas de lo cual estuvo preso en la cárcel del lugar y después en Medinaceli, acusado de robar unas colmenas para sustraer la cera. Según testificaciones de quienes le trataban era de conocido genio y carácter intrépido y antecedente conducta criminosa.
Existían antiguas rencillas entre ambos porque aquél le había demandado judicial-mente, acusándole de que debía al hospital de San Mateo, que administraba Vulnes, 216 reales de vellón y que Oter juraba y perjuraba que era falso. Y la chispa estalló, un miércoles, día de mercado, en la plaza pública, a las doce del 19 de abril de 1797.
Los hechos se produjeron así, según consta en el acta: El referido día, habiendo encontrado Vulnes a Oter, en la susodicha plaza y saludándole atentamente con la palabra de Dios guarde a Vd., quitándose, al mismo tiempo el sombrero, en lugar de corresponderle con igual deferencia, según las normas de urbanidad y cortesía, había prorrumpido con el tono más descompuesto en las voces indecentes de que Vulnes se fuese a la tal, gallego de mierda, que no tenía crianza y que quién era él para incluirle en la lista de deudores del hospital..
Quienes presenciaron el espectáculo quedaron asombrados, dado el carácter sacerdotal del injuriado, máxime por venir de quien venía. Es de suponer el guirigay que se armaría en el mentidero de la Ciudad, dada la carencia de chismes más noticiables, a los cuales eran muy afectos los seguntinos.
Ni corto ni perezoso, Santiago Fernández de Vulnes lo puso en manos del Tribunal del Santo Oficio de Cuenca, que lo admitió sobre haber injuriado a este último con palabras a el referido D.n Santiago de Vulnes.
En un principio actuaron de testigos Isabel Ruiz, de 40 años, Vicente Heredia y Antonio Iván, ambos de 14 años, vecinos de la Ciudad, quienes testificaron a favor del prebendado. Es inconcebible que la Santa Inquisición, tan puntillosa en sus investigaciones diese crédito a las delaciones de dos niños de tan corta edad.
Otro testigo, José Herreros, de 36 años declaró que era público y notorio lo testificado anteriormente por haberlo oído de boca del alcalde mayor, Alfonso Martín Barroso, quien reconvino a Oter, de que aparte las diferencias personales entre ambos, no tenía excusa su actuación, ni disculpa alguna, por deber presentar en todo acontecimiento, el debido honor y respeto a un ministro del altar, y que por lo mismo, debía presentarle excusas a Vulnes. Accedió Oter y, en compañía del penitenciario capitular se presentó en su casa y retiró lo dicho. Pero el picajoso Vulnes, que tampoco era un angelito, en cartas cruzadas con los inquisidores, recordándoles que había estado encarcelado por ladrón, le tildaba de bribón y pícaro; detalle que le afearían éstos.
Es cierto que Oter tuvo sus testigos que le ampararon en sus alegaciones y que el Santo Oficio le cobijó como a uno de los suyos; de lo contrario se las hubiera visto moradas con los rígidos inquisidores inquisitoriales. ¡Con la Iglesia hemos topado…!
Tras muchos dimes y diretes, los inquisidores apostólicos de Cuenca dijeron que: desestimando por fútil y sin mérito la apelación de Vulnes y declarando que Juan Antonio Oter había satisfecho cumplidamente su deber y respeto debido al carácter eclesiástico, con haberse humillado y pedido perdón, y ofrecido cualesquiera satisfacción al expresado Vulnes, y de consiguiente no haber mérito para proseguir esta causa, mandaron que, cesándose en ella y dándose por fenecida y acabada, con perpetuo silencio a los querellantes en sus respectivas pretensiones, se archivase el proceso y se previniese a Vulnes y Oter que, en sus encuentros y salutaciones fuesen más circunspectos, urbanos y atentos, no dando ocasión a nuevas quejas, y al dicho Santiago Fernández de Vulnes que fuese más moderado y detenido en sus escritos, sin irrogar agravio a persona alguna y en su consecuencia… se borrase y tildasen las palabras subrayadas, (pícaro y bribón) y denigrativas, del honor y fama de Juan Antonio Oter; y que los dos vivieran con la paz y buena armonía que correspondía a su respectivo estado; sin hacer condenación en costas, sino que pagase cada uno las por sí causadas y, las comunes, por mitad.
¡Salomónica sentencia!

Fernando Sotodosos Ramos
7.322.725

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