LA PROCESIÓN DE LOS FAROLES DE LA VIRGEN DE LA MAYOR DE SIGÜENZA

junio 23, 2009

Tocan las campanas a badajo desbocado, lanzando sus tañidos a los cuatro puntos cardinales: Norte, Sur, Este y Oeste. Chirrían los macizos ejes de los yugos en sus bujes, con una fricción especial.

                        Testigo soy de que  las ondas sonoras se propagan varias millas en rededor del campanario y trato de distinguir sus timbres metálicos: La dorada… la de la oración… la de San Pascual Baylón… el campanillo de las flores… el campano del Coro…la campana refundida recientemente y la jubilar que sirve de fondo de la sinfonía campanil, cuya partitura está todavía por llevar al pentagrama. ¡Por Ti doblan las campanas, Virgen de la Mayor!

            Los vencejos que anidan en las cubiertas de la Catedral revolotean en torno a la torre gótica, porque intuyen que es una noche singular, todo fantasía, todo ilusión, todo magia. Efectivamente se trata de la “Procesión de los Faroles” de la Virgen de la Mayor, Patrona de Sigüenza: Cinco misterios, la cruz, la salve, el gloria, la letanía completa, las cincuenta avemarías, y sus correspondientes padrenuestros iluminan la noche seguntina con sus centelleos.

            Hace ya un trecho que la carpa cerúlea del firmamento, constelada de estrellas titilantes, ha cubierto la bella Ciudad. La Luna, engalanada de pleniluvio, compite con el derroche de iluminación: toda una gama del espectro multicolor, matizada por tonos amarillos, azules, verdes y la plenitud del rojo, hasta desvanecerse en un rosa pálido y, onda de luz a onda de luz, para inundar el cielo todo en dulces tonalidades, a cada matiz mas densos, a cada oleada más bellos.

            Primer misterio: La Resurrección del Señor.

            Cada “peña” se afana por llevar uno de los misterios. ¡Bravo por los peñistas!

            Dentro de la Catedral la trompetería del órgano lanza al aire sus mejores notas, arrancadas al teclado por manos de ángel. Creo que se trata de una composición de Bach, “el monstruo de la música religiosa”. Arpegios y acordes hacen cabriolas por las bóvedas de sus tres esbeltas naves, jugando al escondite. De vez en cuando se permiten un breve descanso para volver a empezar con nuevos bríos.

El Prelado, revestido de ricos ropajes de pontifical, preside el oficio religioso, acompañado de un obispo seguntino y de un nutrido grupo de sacerdotes, que concelebran en común.

            Segundo misterio: La Ascensión del Señor.

                        Han sido muchos los mitrados a quienes he oído loar las excelencias de la Virgen de la Mayor, desde mis tiernos años, allá en la década de los cuarenta a los cincuenta, como Muñoyerro, hasta el actual monseñor Sánchez González y nuestro paisano Asenjo Pelegrina. Otros vendrán que seguirán ensalzando sus virtudes, porque su madrinazgo es consustancial con la historia religiosa de la Ciudad.

            Decenas de fieles devotos escuchan con suma atención la homilía de la Virgen de la Mayor, porque no existe prédica más grata  en los devocionarios, para un seguntino

Tercer misterio: La Venida del Espíritu Santo.

            Dios te salve, María, bendita Tú entre todas las seguntinas y bendito el buril que Te cinceló, porque Te imprimió el carisma de la belleza de las mismas, que ya es decir.

            En su momento oportuno se enmarca la Virgen en el artístico pórtico abocinado de la fachada principal, montada en su artística carroza, ataviada con el más rico manto de su colección. El arco de medio punto sirve de aureola monumental a la bendita imagen.

            Ocho siglos de devoción Te contemplan, María, porque dicen los expertos en arte que eres románica, como la traza de la Catedral que Te cobija, cuyo suntuoso altar, el más visitado, presides.

            Faltan ojos para mirarte, Virgencita. Cientos de admiradores, que no cupieron en la Catedral, se apretujan para verte, en el amplio y hermoso atrio, esperando una sonrisa de esa cara tan simpática. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.

            Ya forman filas los más de ciento veinte faroles que componen tu Rosario. ¡Bendita perspectiva de cromatismo a dos bandas! Siento envidia de los porteadores porque me recuerdan mis años mozos en los que, en plenitud de facultades físicas, llegué a llevar la pesada cruz procesional de plata que abre carrera. ¡Oh tiempos!

            Adivino, más que veo, las volutas grisáceas y azuladas del humo de las velas ascender en espirales salomónicas y desvanecerse en el aire diáfano que envuelve tu imagen, para impregnarla con la pátina de iglesia, que enriquece el arte sacro.

            Cuarto misterio: La Asunción de Nuestra Señora.

            Todo Sigüenza es una caja de resonancia que amplía tus alabanzas: Dios Te salve, María.       La banda de música de respeto entona melodías acordes con la celebración, a ritmo de marcha religiosa, con fervor y majestuosidad.

Diríase que la climatología ha querido sumarse al evento, celosa de tanta solemnidad: Noche tranquila y serena; brisa suave, que refresca el ambiente; y, para remate, varias estrellas fugaces describiendo parábolas lumínicas, allá en la lontananza del cielo: La danza de los astros en honor a la Virgen de la Mayor. ¡Es que la “Procesión de los Faroles” es mucha procesión!

Sí, todos los elementos de la Naturaleza parecen conjugarse en esta noche maravillosa, en esta noche acicalada por mano divina y perfumada por las arobias que rezuman los pinos de las proximidades: El pinar que sahúma la Ciudad con su más penetrante aroma.

Cuenta la tradición que tu imagen la trajo el legendario D. Bernardo de Agén, aquel obispo guerrero que reconquistó la Ciudad a los sarracenos en el lejano año de 1123. Dicen que la llevaba consigo en las épicas andanzas  y, agradecido, la donó a la incipiente Catedral, para prez y honra de los seguntinos. ¡Sublime acierto!

Quinto misterio: La Coronación de la Virgen María.

La juventud seguntina desfila orgu-llosa con los faroles de tu Rosario, Madre de Dios. Muchas generaciones de natura-les presumen con satisfacción de haberlo hecho, en sus años de juventud y lo comentan con sus nietos, quienes (estoy seguro) anhelan llegar a mayores para imitar al abuelo, porque procesionar con un farol de la “Procesión de la Virgen de la Mayor”, quieras que no, da carácter de naturaleza .

Muchos niños y niñas, vestidos con sus lucidos trajes de primera comunión, solemnizan el acto, portando en sus delicadas manos una vela, cual pequeños coribantes, oferentes de su más preciado don: El candor infantil.

Las ramas de los árboles ondean sus hojas con tímidos movimientos pendulares, como queriendo abanicar tu imagen, prestos a participar en la procesión.

Letanía de la Virgen: Madre de Dios… Reina de los ángeles… Auxilio de los pecadores… y toda una retahíla de piropos ideados por un místico, enamorado de Ti, desgranados, uno a uno, por todos los concurrentes, que son muchos.

                                  Los balcones engalanados con banderas nacionales rinden honores de alta jerarquía, a tu paso por las calles Serrano Sanz, San Roque, General Mola, Humilladero y Cardenal Mendoza, cuyo epónimo, “El Gran Cardenal”, motejó su escudo de armas con tu salutación celestial: AVE, MARIA. ¡Helo ahí, rendido a tus divinos pies!

  La reina y damas de las fiestas, tocadas con la típica mantilla española, dan una pincelada de belleza, cerrando la procesión, tras las jerarquías eclesiásticas y municipales.

 Digno colofón del emocionante oficio religioso es el “Salve, Reina, Madre de misericordia”, entonada por cientos de personas enfervorizadas, acompañadas por el órgano a pleno fuelle.

Poco a poco,  se van extinguiendo las luces de los faroles; enmudecen las campanas; las calles de Sigüenza se quedan solas…, taciturnas… pero impregnadas de esa unción religiosa que emana de la linda y sugestiva “Procesión de los Faroles de la Virgen de la Mayor”: Una manifestación multitudinaria que garantiza la salvaguarda de la fe, herencia de unos tiempos, no muy lejanos, en que los seguntinos se destocaban y rezaban el “Angelus”  del Mediodía: “El Ángel del Señor anunció a María. Y concibió del Espíritu Santo”

Hasta el próximo año, si Dios quiere, Virgen de la Mayor Patrona de Sigüenza.

LA MONEDA MEDIEVAL AVILESINA, A TRAVÉS DE SUS DOCUMENTOS

junio 23, 2009

Avilés Fue una de las poblaciones pioneras en usar moneda legal española, acuñada en los reinos cristianos. Justifica esta hipótesis el hecho de que el primer Fuero de la Villa fuera otorgado en 1085,  por Alfonso VI, primer rey cristiano que acuñó moneda, ratificado, 70 años después, por su hijo, Alfonso VII. en enero 1155.

La vida de la moneda era transitoria: Cuando el valor intrínseco superaba al nominal, se retiraba, se fundía y se emitía otra nueva, adecuada al índice de la vida, avalada por el Soberano emisor, algunos de los cuales se citan en los  documentos de la colección diplomática del Ayuntamiento de Avilés:

- Alfonso VI, ya citado, que nació en 1040 y murió en Toledo el 1 de julio de1109, es el primero, por orden dinástico, que aparece en los documentos.       

 - Alfonso VII (Caldas  de Reis, (1105 -1157). Acuñó dineros de vellón, con su retrato y la cruz de brazos iguales, entre los años 1134 y 36.

- Alfonso X (Toledo,1221 – 1284), estableció el nuevo sistema de oro, con la dobla, al peso y la ley de la almohade, dividida en dos medias doblas y cuarto de dobla, con leyenda cristiana, amén de los dineros de guerra, para sufragar la que tuvo con su hijo Sancho.

- Sancho IV (1257 – 1295). Acuñó dineros cornados (coronados), con su retrato coronado y doblas, cuyo peso era 44,7 grs.

-  Fernando IV (Sevilla, 1285 – 1312). Emitió la dobla de a diez, en oro, con peso de 44,7 grs. y 70 milímetros de módulo, en varias cecas, el 24 de octubre de 1297, que circuló, en paridad, con las de su padre, Sancho IV.

- Alfonso XI (Salamanca, 1311 – 1350). A partir de este monarca se acuñaron dineros cornados y novenes. Un maravedí valía, en su época, diez dineros novenes y seis dineros cornados.

- Pedro I (Burgos, 1334 – 1369). Puso la moneda de plata en relación con el oro. Instauró el real de mucha importancia y duración numismática.

- Enrique II (Sevilla, 1333 – 1379). Acuñó monedas con la leyenda ENRICUS DEI GRACIA REX CASTELLE, por ambas caras, entre 1369 y 1373.

- Juan I (Épila, Zaragoza, 1358 – 1380). Labró el llamado “Agnus Dei”. Por una cara tenía una Y coronada, y por la otra el cordero de San Juan Bautista.

-  Enrique III (Burgos, 1379 – 1406). Acuñó moneda en Sevilla, con el anverso: ENRICUS REX CASTE y en el reverso: ENRICUS REX LEGIO. La media blanca pesaba 0,90 gramos y medía 18 milímetros de diámetro.

- Juan II (Toro, 1405 -1454). Siguió el sistema de su padre, Enrique III.

-  Enrique IV (Valladolid, 1425 – 1474). Erigió una ceca en Segovia, en 1455, donde acuñó monedas de oro, con valores de 50, 10, 5 y ½ enriques, moneda ésta acuñada por el citado monarca, cuyo valor equivalía a la dobla. También emitió la blanca, con la leyenda ENRICUS.CARTUS.REX.CA, acuñada en  Segovia, con un diámetro de 25 mm.

Y, por último, Isabel y Fernando, Reyes conjuntos, a partir de su boda, celebrada en Valladolid, el día 19 de octubre de 1469, de los cuales no aparece ninguna moneda en los últimos seis documentos (15 de enero de 1479; 30 de marzo de 1481; 12 de febrero y 22 de mayo de 1488; 20 de enero de 1489 y 20 de junio de 1495).

 Y con  ellos se cierra la Edad media.

La primera noticia de dinero nos la da el “Fuero de Avilés”, otorgado por Alfonso VII, confirmando otro anterior de su abuelo Alfonso VI,  fechado en enero de 1155. En el artículo 1º nos habla de solidos y denarios. En efecto Alfonso VI creó dos fábricas de moneda: una en Toledo y otra en León. Las monedas acuñadas aquí se denominaron denarios regis y consistían en una aleación de plata y cobre, llamada vellón. El sueldo equivalió, en su día a doce dineros de a cuatro (o seis meajas). En el artículo 43º y último del Fuero aparece el solido purissimi argenti, como sentencia de incumplimiento de la carta, apareada con la de excomunión canónica, que hacía más mella en los infractores.

En marzo de 1266, el Concejo de Avilés concede carta de vecindad a un matrimonio previo pago de VI soldos de bonos dineros leoneses, pagaderos por San Martín, cuya festividad se celebra el 11 de noviembre. Fue una de las clasificaciones del sueldo. Equivalía a 6 sueldos burgaleses, o 12 pepiones, moneda ésta que  Alfonso X fijó en 1/18 del  metical. Se acuñó en plata y pesaba 3,10 gr.

Catorce años después (21 de junio de 1280) aparecen  los morabetinos de la moneda de primera guerra de Granada (1264-1265), por otorgamiento de vecindad. Esta moneda fue acuñada por Alfonso VIII de Castilla (1158 -1214) y por su hijo Enrique I (1204 – 1217). Los de Alfonso eran de oro, con peso de 3,8 gr. y diámetro de 25 mm. En ¼¼el anverso figura una cruz y la inscripción ALF.

Con fecha 1 de marzo de 1281, se les concede vecindad a unos moradores de Colantrero, por el precio de cuatro sueldos de la moneda blanca nueva. De tener alguna relación con la nota aparecida debajo de CCLX maravedís de la moneda de la guerra, el sueldo mencionado equivaldría a 65 maravedíes por unidad. Debió ser muy efímera la circulación de esta moneda, según un documento de Sancho IV, fechado en 6 de agosto de 1288, donde se confirma que “é toda la otra moneda blanquella de la guerra que solia correr fasta agora, que sea abatida, que non corran a ninguna cosa sino a marco”. Fue Alfonso X, quien acuñó esta moneda.

Dos días después de los susodichos mes y año del anterior, se confirma el asentamiento de un matrimonio de Colantrero, valorado en XVI dineros de la moneda nova blanca, “que ora corre o de moneda que tanto vala”, lo cual confirma que coexistían, en curso legal, otras monedas equivalentes. Acuñada por Alfonso X, en 1271. Anverso: ALF REX CASTELLE. Reverso: ET LEGIONIS.

El 7 de agosto de 1281, un documento hace mención a sueldos de la moneda de la primera guerra, por otorgamiento de vecindad. Parece que se refiere a las acuñadas por Alfonso X, de noventa dineros el maravedí. Acuñado en oro, pesaba 0,90 gr. (0,17 de plata).

Cuatro documentos, datados en 20 de diciembre de 1281, a febrero de 1286, informan de cantidades pagadas en sueldos de moneda blanca nueva, por concesiones de vecindad. El sueldo acuñado, por vez primera en Barcelona, valía 12 dineros y pesaba 3 gramos. Parece que también se acuñó en León, con el mismo valor.

En 10 de agosto de 1286, el Concejo de Avilés arrienda a un vecino, la renta del diezmo de la madera que pasase por su puerto, renta que les concedió Sancho IV, por cinco años, “é devedes nos a dar cada uno de estos años por rienda çient libras de la moneda blanca quel Rey Don Alfonso mandó fazer a XL dineros cada libra, o de moneda que tanto vala”. Este Rey, Alfonso X,  acuñó moneda de oro y fracciones.

En sucesivos documentos fechados en 23 de octubre de 1289, a 21 de diciembre de 1302, se nombra al maravedí de moneda blanca del Rey Don Fernando, o maravedises leoneses, como moneda de pago por sanciones en el incumplimiento  de órdenes u otorgamientos de vecindad. Fueron acuñados en León y Salamanca, por Fernando II y Alfonso IX. Sancho IV usó esta moneda a favor del concejo de Valdeón.

El 14 de agosto de 1307 alude un documento a  “maravedis de la moneda blanca quel rey Don Fernando mando fazer”.  Valía, según el documento, “onze dineros menos terçia de un dinero el maravedi”.

En 3 de enero de 1309 se alude a una condena de mil soldos de puro agent (sic). Probablemente el peso de un sueldo de moneda andalusí, o de plata en pasta.

El maravedí de moneda blanca del rey Don Fernando, sigue apareciendo, como moneda de curso legal,  en documentos datados en 26 de junio de 1303; a de 31de marzo de 1496.

GALLEGO DE MIERDA

junio 17, 2009

GALLEGO DE MIERDA

No aparece en lexicón alguno el gentilicio gallego, como epíteto despectivo, aunque ésta sea la acepción del epígrafe.
La imprecación, no obstante, iba dirigida a un asturiano. Claro que “gallegos y asturianos, se dice, primos hermanos”.
Pues, créanlo o no, lo encuentro, por primera vez, con tal significados peyorativo, en el Archivo Histórico Nacional (nº 74, legajo 3739), relacionado con un expediente inquisitorial, acaecido en Sigüenza. Y, aunque el Santo Oficio llevaba con gran sigilo sus asuntos, saltó al mentidero de la Ciudad porque, como dijo un canónigo de su catedral, Jerónimo de Barrionuevo y Peralta: Tierra donde se conocen / los jarros en la taberna, / no puede ser tierra buena, / pues aunque estés encerrado / sale a plaza tu pecado / y siendo nonada suena.
El agraviado fue Santiago Fernández Vulnes y López, racionero de la Santa Iglesia Catedrañl. Nació en Tielve, Concejo de Cabrales y Obispado de Oviedo, el 8 de junio de 1762. Hijo de Alonso Fernández Vulnes y de Mariana López. Empezó de medio racionero en 23 de julio de 1795 de la plaza que había quedado libre por traslado de Ildefonso Vejarano a otra de Orihuela (Alicante). El informante del expediente de limpieza de sangre fue Andrés Ricote, medio racionero. Al fallecer Julián Garbajosa (25-II-1805) se posesionó de la ración vacada por éste, el día 29 de mayo del mismo año. Firma como secretario las actas de la oposición a la Lectoralía de 1807, en la que fue elegido Romualdo García Urraca. Cuando se produjo la desbandada general de los capitulares, entre mediados de noviembre y primeros de diciembre, fue quien dio fe, como secretario, en el cabildo de este mes del 1808: “No le hubo por haber entrado los franceses en numero considerable al saqueo de Ciudad y S.ta Ygl.a el dia 14 del mismo hacia el mediodia q.e lo executaron con la actividad que acostumbran”. Estuvo rehén de los franceses dos años y, aunque, en el día de la jura de la Constitución del 12 ya estaba liberado, no juró. Murió el 30 de enero de 1813.
El agraviante, un tal Juan Antonio Oter, único familiar del Santo Oficio de Sigüenza que, como es sabido, en las ciudades de poca demografía ejercían en nombre del mismo éstos o los conocidos comisarios, quienes tenían ciertos privilegios civiles y eclesiásticos, aunque actuaban a la sombra, para evitar represalias de los que caían en desgracia de la Santa. Era el administrador de la Cofradía de la Vera Cruz. Había estado de sacristán en Sacecorbo, de la diócesis de Sigüenza, de donde le echaron por apropiarse de lo ajeno, a resultas de lo cual estuvo preso en la cárcel del lugar y después en Medinaceli, acusado de robar unas colmenas para sustraer la cera. Según testificaciones de quienes le trataban era de conocido genio y carácter intrépido y antecedente conducta criminosa.
Existían antiguas rencillas entre ambos porque aquél le había demandado judicial-mente, acusándole de que debía al hospital de San Mateo, que administraba Vulnes, 216 reales de vellón y que Oter juraba y perjuraba que era falso. Y la chispa estalló, un miércoles, día de mercado, en la plaza pública, a las doce del 19 de abril de 1797.
Los hechos se produjeron así, según consta en el acta: El referido día, habiendo encontrado Vulnes a Oter, en la susodicha plaza y saludándole atentamente con la palabra de Dios guarde a Vd., quitándose, al mismo tiempo el sombrero, en lugar de corresponderle con igual deferencia, según las normas de urbanidad y cortesía, había prorrumpido con el tono más descompuesto en las voces indecentes de que Vulnes se fuese a la tal, gallego de mierda, que no tenía crianza y que quién era él para incluirle en la lista de deudores del hospital..
Quienes presenciaron el espectáculo quedaron asombrados, dado el carácter sacerdotal del injuriado, máxime por venir de quien venía. Es de suponer el guirigay que se armaría en el mentidero de la Ciudad, dada la carencia de chismes más noticiables, a los cuales eran muy afectos los seguntinos.
Ni corto ni perezoso, Santiago Fernández de Vulnes lo puso en manos del Tribunal del Santo Oficio de Cuenca, que lo admitió sobre haber injuriado a este último con palabras a el referido D.n Santiago de Vulnes.
En un principio actuaron de testigos Isabel Ruiz, de 40 años, Vicente Heredia y Antonio Iván, ambos de 14 años, vecinos de la Ciudad, quienes testificaron a favor del prebendado. Es inconcebible que la Santa Inquisición, tan puntillosa en sus investigaciones diese crédito a las delaciones de dos niños de tan corta edad.
Otro testigo, José Herreros, de 36 años declaró que era público y notorio lo testificado anteriormente por haberlo oído de boca del alcalde mayor, Alfonso Martín Barroso, quien reconvino a Oter, de que aparte las diferencias personales entre ambos, no tenía excusa su actuación, ni disculpa alguna, por deber presentar en todo acontecimiento, el debido honor y respeto a un ministro del altar, y que por lo mismo, debía presentarle excusas a Vulnes. Accedió Oter y, en compañía del penitenciario capitular se presentó en su casa y retiró lo dicho. Pero el picajoso Vulnes, que tampoco era un angelito, en cartas cruzadas con los inquisidores, recordándoles que había estado encarcelado por ladrón, le tildaba de bribón y pícaro; detalle que le afearían éstos.
Es cierto que Oter tuvo sus testigos que le ampararon en sus alegaciones y que el Santo Oficio le cobijó como a uno de los suyos; de lo contrario se las hubiera visto moradas con los rígidos inquisidores inquisitoriales. ¡Con la Iglesia hemos topado…!
Tras muchos dimes y diretes, los inquisidores apostólicos de Cuenca dijeron que: desestimando por fútil y sin mérito la apelación de Vulnes y declarando que Juan Antonio Oter había satisfecho cumplidamente su deber y respeto debido al carácter eclesiástico, con haberse humillado y pedido perdón, y ofrecido cualesquiera satisfacción al expresado Vulnes, y de consiguiente no haber mérito para proseguir esta causa, mandaron que, cesándose en ella y dándose por fenecida y acabada, con perpetuo silencio a los querellantes en sus respectivas pretensiones, se archivase el proceso y se previniese a Vulnes y Oter que, en sus encuentros y salutaciones fuesen más circunspectos, urbanos y atentos, no dando ocasión a nuevas quejas, y al dicho Santiago Fernández de Vulnes que fuese más moderado y detenido en sus escritos, sin irrogar agravio a persona alguna y en su consecuencia… se borrase y tildasen las palabras subrayadas, (pícaro y bribón) y denigrativas, del honor y fama de Juan Antonio Oter; y que los dos vivieran con la paz y buena armonía que correspondía a su respectivo estado; sin hacer condenación en costas, sino que pagase cada uno las por sí causadas y, las comunes, por mitad.
¡Salomónica sentencia!

Fernando Sotodosos Ramos
7.322.725


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